S12

Cuando la exconcejala Carme Puigdevall giró la llave, el viejo ascensor del monumento a Colón inició su descenso entre chirridos metálicos. S1, S2, S3, S4... En la pantalla monocroma desfilaron lentamente los números de supuestas plantas subterráneas hasta llegar a la penúltima. Al fin, la puerta se abrió, y Puigdevall y su acompañante salieron a un pequeño desván precariamente iluminado por un fluorescente. En dos de las paredes había sendas estanterías repletas de trastos viejos; restos de naufragio de los eventos y promociones que el ayuntamiento había llevado a cabo en los pasados treinta años. El concejal de turismo Santiago Ortiz pudo distinguir entre los objetos una figura de plástico de la mascota de los Juegos Olímpicos. Tenía los ojos desdibujados y una de sus orejas había sido roída casi por completo. Puigdevall dio una orden en catalán a un interlocutor invisible, luego se giró hacia Ortiz:

—Tranquilo, esta suciedad es para despistar.

Tras un chasquido mecánico, la pared que tenían enfrente empezó a desplazarse. Poco a poco fue dejando al descubierto el enorme complejo subterráneo. La nave principal tenía tres niveles de pasarelas metálicas que daban acceso a salas y despachos. En el nivel más inferior había un centenar de máquinas de grandes dimensiones, todas ellas idénticas. El complejo estaba vacío y mostraba signos claros de abandono.

—La temperatura tardará un rato en subir, pero tendrás que acostumbrarte a esta humedad. La manteníamos así para optimizar la producción.

Puigdevall guió a su acompañante por la pasarela más elevada hasta la sala de diseños. Faltaban algunos ordenadores; la exconcejala explicó que los habían llevado a reparar justo antes de las elecciones. A Ortiz le llamó la atención un enorme corcho lleno de folios.

—¡Ah! Veo que te has fijado en el panel... Aquí colgaban los esbozos de los nuevos modelos, para inspirarse. En realidad tampoco hicieron tantos, como mucho unos doscientos. Pero claro, luego modificaban el color del pelo, la piel, los ojos...

Ya fuera de la sala, Puigdevall le contó a Ortiz que el departamento de diseño estaba dividido en dos secciones: Anatomía y Vestuario. Una conocida cadena de ropa sueca había colaborado con la segunda sección en los últimos años a cambio de locales gratis en las mejores calles del centro.

—Seguro que estarán encantados de volver a ayudar. Ya os arreglaré una reunión.

La exconcejala acompañó después a Ortiz hasta el siguiente nivel de pasarelas metálicas. Dos enormes tuberías de acero cruzaban la nave a esa altura. Su uso fue debidamente explicado.

—Por aquí distribuíamos la materia prima hasta las moldeadoras. Te reirás cuando sepas qué usábamos.

—¿Petróleo? —Ortiz probó suerte.

—No no, mucho más asequible. Prácticamente no nos costaba nada. Sílice, de la arena de playa. ¿Por qué te crees que los del Maresme se quedaban sin playas cada invierno? —la exconcejala esbozó una sonrisa maliciosa.

—¿Y esa otra tubería?

—Ah, por ahí llegaba el agua. Cero costes también, es de las capas freáticas. Sólo nos hacía falta arena y agua.

—Estaban hechos de barro...

—No un barro cualquiera, claro está; barro inteligente. De todos modos no deja de ser poético.

De repente, Ortiz escuchó un rumor lejano y grave que parecía proceder de las entrañas de la tierra. El primer metro del día. Se estaba haciendo tarde, así que Puigdevall propuso bajar directamente hasta las moldeadoras.

—Te enseñaría la sección de lenguas y heurística, pero es otra sala llena de ordenadores, no creo que le encontraras ningún interés.

Las máquinas que abarrotaban el nivel inferior de la planta principal habrían podido pasar por turbinas de avión modificadas. Cada una de ellas estaba adosada a algo parecido a un frigorífico de grandes dimensiones, y de éste último salía una cinta transportadora que desaparecía tras una cortina de plástico. El conjunto recordaba extrañamente a un aeropuerto. Ortiz se fijó en la inscripción de la turbina más cercana.

—Son de fabricación francesa, las compramos a nuestros colegas de París. En Londres y Nueva York trabajan con moldeadoras de una compañía americana, pero el funcionamiento viene a ser el mismo.

—¿Y cuánto tardaban en...?

—¿En fabricarlos? Puedes usar la palabra fabricar; es la más adecuada; aunque algunos de nuestros técnicos hablaban de «hornear». Si quieres hacemos uno, ya verás, no se tarda nada.

—¿Cómo? ¿Ahora? —preguntó Ortiz alarmado.

—¿Por qué no? Pero necesitaremos sílice. Mira, a esta moldeadora de aquí todavía le queda.

—¿Y qué haremos con él luego?

—¡Por eso no te preocupes! —la aprensión de Ortiz divertía a la exconcejala—. Ya verás, fabricarlos es lo más fácil de todo el proceso.

Puigdevall seleccionó varias opciones en el panel de control de una de las turbinas y ésta comenzó a vibrar con gran estruendo.

—¡Te puedes imaginar el ruido que había en el complejo cuando funcionaban todas las máquinas a la vez!

Pero Ortiz no pensaba en el ruido; su mente estaba sumergida en una mezcla inestable de miedo y expectación. Pasaron unos cincuenta segundos hasta que la señal acústica anunció la culminación del proceso y la cinta transportadora empezó a moverse. Poco después asomaron las zapatillas humeantes de un hombre de mediana edad. Llevaba pantalones cortos y el torso desnudo y enrojecido. El pelo rubio y los rasgos faciales sugerían un origen nórdico. Sin embargo, Ortiz advirtió algo extraño en él: estaba totalmente proporcionado pero no debía medir más de metro cuarenta. Puigdevall frunció el ceño ante el resultado.

—¿La camisa se la poníais luego?

—No, no... Es que a veces algunos salían sin camisa, por un error en el proceso de moldeado. Lo que ha pasado es que en el depósito de esta moldeadora había menos sílice del que mostraban los indicadores... A éstos los llamábamos «Liliput»; no son viables.

—¿Quieres decir que no se despertará?

—Ah, no, no. Eso no tiene nada que ver. Funcionar, funcionan perfectamente. Pero en la calle llamarían demasiado la atención. También tiene errores de pigmentación. ¿Ves el brazo derecho?

El concejal observó que la piel de ese brazo era notablemente más oscura que el resto. Poco después, el cuerpo desaparecía tras la cortina de plástico como una maleta olvidada.

—¿A dónde lo lleva? —la voz de Ortiz tenía un matiz triste.

—A las cocheras. Directo al asiento de un bus turístico. Está todo automatizado.

—¿Y luego?

—¿Luego? Luego nada. ¡No querrás que lo soltemos!

—¿Se quedará allí para siempre?

—Para siempre suena a una eternidad. Creo que ya te lo había contado. Se biodegradan al cabo de veinticuatro horas; los defectuosos incluso antes. Mañana lo único que quedará de él será un pequeño charco de amoniaco.

La exconcejala y su acompañante subieron de nuevo las escaleras metálicas hasta el nivel más elevado del complejo. La visita estaba llegando a su fin.

—En un mes todo esto puede estar funcionando al cien por cien otra vez.

—¿Sólo un mes? —Ortiz no ocultó su alegría.

—Siempre y cuando tu partido respete las condiciones del trato.

—Las respetarán. Te doy mi palabra.

Los dos se dieron un apretón de manos para sellar simbólicamente su compromiso. Habían llegado al desván destartalado. Tras ordenar el cierre de las compuertas, Puigdevall quiso matizar sus predicciones:

—Naturalmente, instruir a los de tu equipo llevará varios meses. Controlar la procedencia y la proporción de los turistas de molde es todo un arte. Mira; hace unos veinte años estuvimos un par de temporadas fabricando japoneses como locos. Luego los mandábamos todos a la Sagrada Familia y al Park Güell. ¿Te lo puedes creer? No había ni un sólo japonés de verdad. Y sin embargo, al cabo de cinco años la proporción de turistas japoneses de molde era sólo de uno por cada doscientos.

—¿Cómo puede ser?

—La gente te dirá que lo mejor para atraer visitantes a tu ciudad es promocionarte en el extranjero, o que se hagan convenciones, o vete a saber qué. Yo te diré cuál es el mejor reclamo para el turismo: más turistas. No hace falta nada más, créeme.

La entrada del complejo volvió a cerrarse y el ascensor inició su lento retorno a la superficie. S11, S10, S9... Mientras los números se iban sucediendo en la pantalla monocroma, Ortiz pensó en todas las llamadas que debería hacer.

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