El montador de lunas

‘Hoy he vuelto a soñar con él. Esta vez me quería’

Cuando conseguí el trabajo me alegré. No tenia experiencia y estaba segura de que las otras candidatas tenían más posibilidades que yo. Pero me lo dieron a mi, Alexandra Gagarisolva, y mis conocidos me recordarían por ello. La tarea fue más difícil de lo que pensaba: llevar las cuentas era sencillo, calcular las distancias entre estrellas fàcil, pero servir la comida a 20 grados resultó ser una auténtica pesadilla. Aunque no teníamos ni fuego ni termómetros fiables, los hombres siempre esperaban que cocináramos bien. Cuándo hablo de los hombres me refiero, claro está, a Jurij Pavlovich, que era un auténtico termómetro-humano. Con su mirada penetrante y sus cejas en punta cuestionaba sin descanso la cocción de mis alimentos. Creo que murió sin saber que yo no era cocinera. Creo que todos murieron así.

‘De sus manos salían esperanzas y de sus dedos margaritas’.

Montar una luna no es un trabajo nada fácil, hay que ser muy cuidadoso con las estrellas. Nadie quiere cambiarlas de sitio, ni moverlas en el tiempo, sino respetarlas en su silencio cíclico. Jurij tiraba de los hilos de una manera poética, sujetándolos con unas manos sucias y gruesas, pero con una firmeza que emocionaba los corazones. Lo miraba de reojo desde la cocina, admirando sus movimientos rítmicos a través de la ventana. Cuando miras por una ventana, me decía siempre mi madre, no te fijas en el marco de madera, ni en el vidrio que te separa con el exterior: lo traspasas y sólo ves lo que hay al otro lado. Con Jurij me pasaba algo similar: no veía su vidrio, ni la madera alrededor de su genio malhumorado, sino la belleza de su profesión y la poesía de sus gestos.

Hacía tanto frío que el mundo se llenó de grises. Un blanco triste y seco cubría las montañas, los árboles y los sentimientos. Hasta la comida se había vuelto un poco más blanca para acomodarse al ambiente. No recordaba que en la entrevista me hubieran dicho que dejaría de ver el cielo, al menos ese cielo azul, alto y luminoso de mis ideas. Jurij también se ennegreció con el ambiente y sólo mostraba miradas cálidas cuando estaba frente a la luna. Una mañana, después de pasar la noche en vela, contó en la mesa que, cuando miramos a las estrellas, sólo vemos su pasado. Por lo visto, a miles de años luz, las estrellas viven un presente que nosotros nunca conoceremos. '¿No es eso triste?', pensé, pero no lo dije en alto por miedo a su reacción de enamorado.

Su luna tenía días mejores y peores. Los cráteres se iluminaban como faroles entre la niebla, mostrándose según el momento en su totalidad o sólo en parte, según los deseos de Jurij. Aunque era altiva y magnificente ante los demás, en la soledad del día pensaba sin pausa en su vuelta a escena. Conquistar de nuevo a la noche, por unas horas, por unos minutos, por unos segundos de su compañía. Consiguió que Jurij la montara a partir de las cinco, forzando una noche profunda y pausada, que quitaba poco a poco la luz de todos los ojos. A veces los escuchaba hablar detrás de la puerta, pegada a un vaso lleno de polvo, reconociendo el timbre de voz del montador de lunas en la distancia, cada vez más lejos de nuestro alcance. Pasaron muchos días así, muchos días y muchas noches, en las que él durmió rodeado de estrellas y de cráteres grises. El resto del tiempo, Jurij Pavlovich lo pasó con el Sol.

‘Cuando desperté, el mundo parecía un lugar mejor: ya no tenía que amar a la luna’

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