Cuando conseguí el trabajo me alegré. No tenia experiencia y estaba segura de que las otras candidatas tenían más posibilidades que yo. Pero me lo dieron a mi, Alexandra Gagarisolva, y mis conocidos me recordarían por ello. La tarea fue más difícil de lo que pensaba: llevar las cuentas era sencillo, calcular las distancias entre estrellas fàcil, pero servir la comida a 20 grados resultó ser una auténtica pesadilla. Aunque no teníamos ni fuego ni termómetros fiables, los hombres siempre esperaban que cocináramos bien. Cuándo hablo de los hombres me refiero, claro está, a Jurij Pavlovich, que era un auténtico termómetro-humano. Con su mirada penetrante y sus cejas en punta cuestionaba sin descanso la cocción de mis alimentos. Creo que murió sin saber que yo no era cocinera. Creo que todos murieron así.
‘De sus manos salían esperanzas y de sus dedos margaritas’.
Montar una luna no es un trabajo nada fácil, hay que ser muy cuidadoso con las estrellas. Nadie quiere cambiarlas de sitio, ni moverlas en el tiempo, sino respetarlas en su silencio cíclico. Jurij tiraba de los hilos de una manera poética, sujetándolos con unas manos sucias y gruesas, pero con una firmeza que emocionaba los corazones. Lo miraba de reojo desde la cocina, admirando sus movimientos rítmicos a través de la ventana. Cuando miras por una ventana, me decía siempre mi madre, no te fijas en el marco de madera, ni en el vidrio que te separa con el exterior: lo traspasas y sólo ves lo que hay al otro lado. Con Jurij me pasaba algo similar: no veía su vidrio, ni la madera alrededor de su genio malhumorado, sino la belleza de su profesión y la poesía de sus gestos.
‘Cuando desperté, el mundo parecía un lugar mejor: ya no tenía que amar a la luna’
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