Primera necesidad

La abuela Dolores llegó a la caja con el paraguas todavía goteando. Al verla, Maribel supo que aquella vieja loca había esparcido la lluvia por todo el supermercado y la saludó con una mueca de desaprobación. Por la cinta comenzaron a desfilar paquetes de arroz, latas de mejillones y botellas de agua mineral. Mientras pasaba todos aquellos productos por el lector, Maribel pensaba en lo tedioso que le resultaría esparcir el serrín por los pasillos, en el tiempo que perdería barriéndolo todo. Antes de que pudiera decirle el precio a pagar, la abuela Dolores dejó caer un reproche disfrazado de pregunta:

—¿Hoy tampoco tenéis leche condensada?

—No lo sé. Si no está en su sitio es que no hay.

Maribel no había dicho toda la verdad. Era perfectamente plausible que hubiera leche condensada en los combis que el drogado de Israel estaba vaciando con su desidia habitual. Para saber si la habían traído bastaría con sacar el albarán del cajón, pero Maribel volvió a fijarse en el goteo constante del paraguas de la abuela Dolores y concluyó que el esfuerzo no valía la pena.

A lo largo de aquella lluviosa mañana de finales de octubre algunas clientas habituales advirtieron también la ausencia de otros productos en el supermercado. Al principio, tanto Maribel como Eva lo achacaron a la lentitud con la que Israel reponía los lineales, pero cuando los combis estuvieron vacíos y los pasillos despejados, ambas empezaron a preocuparse. Al cerrar la caja al mediodía las dos mujeres repasaron con rigor de contable las páginas del albarán, pero entre el contenido de los cuatro combis no había rastro alguno de los productos agotados. Eva, que siempre veía el vaso medio lleno, concluyó que debían de haber traído un combi menos por culpa de la lluvia. Sin embargo, los productos que faltaban no llegaron a reponerse jamás. Peor aún, día tras día fueron trayendo cada vez menos productos al supermercado, lo que provocó que los lineales empezaran a llenarse de huecos. Aquello no parecía inquietar a Israel en absoluto, más bien todo lo contrario. Cuando en la sección de conservas salieron a flote las latas de salsa de tomate más antiguas, el reponedor admiró sus etiquetas amarillentas como si se tratara de reliquias arqueológicas. Maribel y Eva, en cambio, no ocultaron su nerviosismo ante la progresiva escasez de productos. Para su desgracia, el mozo que traía los combis no sólo no disipó su preocupación sino que contribuyó a aumentarla. Cuando Maribel le preguntó a Wilson por qué faltaban algunos de los productos que debían traer, la respuesta del hondureño fue tan escueta como rotunda:

—No quedan.

Ambas intentaron obtener una explicación más detallada, pero Wilson se encogió de hombros y repitió la misma frase con resignación. Días más tarde, abandonada ya la esperanza de encontrar una justificación más convincente, también ellas optaron por responder del mismo modo cada vez que alguien les preguntaba por los productos que faltaban. A través de los comentarios de algunas clientas, Eva y Maribel supieron que el suyo no era ni mucho menos un caso aislado: todos los otros establecimientos de la ciudad, quizás también los del resto del país, se enfrentaban al mismo problema acuciante de escasez de productos. Sin embargo, ningún medio parecía hacerse eco de la noticia, algo que Teresa no dudó en señalar como una conspiración el día en que se presentó de improviso en el supermercado.

—Yo ya hacía tiempo que lo venía diciendo. Esto es una nueva guerra civil.

La voz de la mano derecha del director, siempre una octava más aguda de lo tolerable, tenía en aquella ocasión un cierto matiz dramático. De todos modos, la poca gente que conocía a Teresa sabía que los vaticinios apocalípticos constituían su principal seña de identidad. Que aumentaran los hurtos en la sección de cosméticos, por ejemplo, bastaba para que ella pregonara a los cuatro vientos el inminente fin de la sociedad occidental, del mismo modo que la subida repentina en el precio de algún producto siempre ocultaba una oscura maniobra del gobierno. Aquella tarde, Teresa había recorrido los estantes medio vacíos del supermercado con la secreta satisfacción de quien ve cumplida alguna de sus profecías. Luego, reunió a Maribel, Eva e Israel en la sección de congelados y procedió a leer las nuevas directrices en un papel arrugado que había sacado del bolsillo de su chaqueta. El objetivo último, como todos sabían, era retrasar el temido fin de existencias y postergar así el cierre del supermercado. Una de las medidas adoptadas consistiría en esconder en el almacén pequeñas cantidades de los productos que todavía resistían en las estanterías, para luego ir reponiéndolos poco a poco en un goteo diario. Eva y Maribel acogieron con entusiasmo aquella medida porque prometía terminar, al menos temporalmente, con la preocupante ociosidad de Israel.

Pocos días después de la visita de Teresa llegó el último cargamento al supermercado. Aquella mañana de noviembre, Wilson se despidió de todos con un abrazo y prometió volver pronto para llevarse el combi vacío. A Israel se le escapó alguna lágrima mientras abría las cajas de cartón; quizás porque echaría a Wilson de menos, quizás porque comenzaba a ser realmente consciente de la gravedad del problema. Cuando hubo colocado todos los productos en sus lineales, el reponedor abandonó el esqueleto oxidado del combi en la esquina donde la gente dejaba los carros de la compra. Con el tiempo, el almacén quedaría otra vez vacío e Israel volvería a pasar las horas vagando sin rumbo concreto por los pasillos.

Hacía tiempo que la abuela Dolores no se acercaba al supermercado, aunque lo cierto es que nadie la había echado verdaderamente de menos. Cuando entró aquel fatídico día por la puerta automática, el propietario de un bar cercano se acababa de llevar el penúltimo producto que quedaba en todo el establecimiento: una botella de anís que Israel sacó de la vitrina con tristeza. De nada sirvió que Eva le advirtiera desde la caja que estaban a punto de cerrar; la abuela Dolores avanzó inexorablemente hacia la sección de lácteos con la mirada fija en un brick de leche entera que había resistido hasta entonces todos los envites de la crisis de productos. Ya había alargado la mano para cogerlo cuando Maribel la sorprendió por la espalda y le recriminó que en todos aquellos años nunca había comprado leche entera.

—Es que como no tenéis leche condensada... ―respondió ella sin ocultar su insolencia.

Desesperada ante el inminente fin de existencias, Maribel intentó detener a la abuela Dolores con la primera mentira que se le ocurrió:

—Mire, es que esta leche ya la había reservado una clienta...

Tal vez debido a su carácter pertinaz, tal vez a que había olido de lejos la falsedad de aquella afirmación, la abuela Dolores hizo caso omiso a las palabras de Maribel y terminó cogiendo el envase de leche. Fue entonces cuando la cajera advirtió los números impresos en el cartón.

—¡Si caducó hace como una semana!

Al oír aquello, la abuela Dolores se ajustó las gafas y leyó la fecha de caducidad varias veces. Luego hizo ademán de devolver el brick a su sitio y la cajera respiró aliviada. Sin embargo, justo antes de dejar la leche en el estante la anciana se detuvo:

—No, mira: ¿sabes qué haré? Primero la herviré y luego...

Antes de que la abuela Dolores tuviera tiempo de terminar aquella frase, Maribel se abalanzó sobre ella y ambas empezaron a forcejear. Sólo cuando la cajera logró tirar a la anciana al suelo pudo arrancarle de la mano el envase. Desde el otro lado del pasillo, Israel y Eva observaron horrorizados como Maribel golpeaba una y otra vez la cabeza de la mujer con el brick de leche, salpicándolo todo con la blancura fétida que éste derramaba con cada nuevo golpe. Cuando del brick no quedó más que el cartón abollado, Maribel se levantó y lo dejó de nuevo en su lineal. Luego, contempló con repulsión el charco de leche cortada que se había formado alrededor del cuerpo inmóvil de la anciana y decidió que lo mejor sería ir al almacén a buscar serrín.

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