Marcel

Hará unos cinco años, decidí gastar buena parte de mis ahorros en un viaje en tren que debía terminar en la parte más septentrional de Rusia. En una de las paradas pasé la noche en una pequeña ciudad polaca bajo una fuerte nevada. Ya había cenado, y estaba leyendo un libro en un sofá del hostal cuando entró un chico de no más de veinte años cubierto de nieve y cargando una minúscula mochila. Sus pómulos revelaban una delgadez malsana, y bajo los ojos tenía las marcas de quienes duermen poco y mal. El chico preguntó en inglés al recepcionista si quedaban habitaciones libres. El otro le respondió algo en voz baja y luego subió las escaleras arrastrando la espalda. Al ver que el recepcionista tardaba en bajar, el chico lanzó un suspiro, se quitó el gorro y los guantes, y vino a sentarse al sofá donde me encontraba yo leyendo. Fue entonces cuando advertí que llevaba una mano vendada.

No describiré con detalle la primera hora de nuestra conversación porque no hubo nada digno de destacar y porque no quiero revelar demasiados datos sobre Marcel. De él sólo apuntaré que era un estudiante universitario del sur de Francia y que volvía de un viaje a Rusia. Al conocer este detalle, le describí la ruta que planeaba seguir y le pedí consejo. Él, extrañamente nervioso, me sugirió de inmediato que evitara a toda costa una de las líneas de ferrocarril que tenía pensado usar. Las razones que me dio al principio no lograron convencerme. Ya sabía que Novy Vorkur era una ciudad minera sin demasiados atractivos para el turista, pero después del infierno burocrático por el que había tenido que pasar con tal de que me dejaran entrar no iba a echarme atrás. Marcel, sin embargo, siguió rogándome que cambiara de ruta. Al ver que no conseguía convencerme, y tras comprobar que estábamos solos, me habló de los horrores que había vivido en lo profundo de la taiga siberiana.

Todo había sucedido unas pocas semanas antes. Marcel viajaba en un compartimento de tercera en un tren con destino a Novy Vorkur, todavía a miles de kilómetros de aquella ciudad. Le había tocado compartir el compartimento con dos soldados de permiso que ponían todo su empeño en ignorarlo. Como no tenía con quién hablar, Marcel se había pasado todo el día con los ojos pegados a la ventana del tren. El cielo, que había estado despejado durante la mañana, quedo completamente cubierto de nubes a media tarde. Con el paso de las horas, lo que había empezado como una leve nevada desembocó en una espectacular tormenta de nieve. Al caer la noche, los cristales de las ventanas estaban ya completamente cubiertos de escarcha, y los constantes cambios de tensión de la luz eléctrica amenazaban con dejar el tren a oscuras en cualquier momento. Los dos soldados habían estado hasta entonces bromeando, bebiendo y cantando canciones, pero la potencia de la ventisca ahogó sus ánimos.

De repente, el tren frenó en seco, haciendo chirriar las ruedas y lanzando el equipaje de uno de los soldados al suelo. En aquel momento, Marcel no sabía todavía si habían descarrilado o si se había producido algún tipo de avería. De los camarotes cercanos llegó una mezcla confusa de insultos que el potentísimo silbido del viento apenas dejaba oír. Muchos minutos más tarde, el maquinista dio detalles de la incidencia por megafonía. Por desgracia, la mala calidad del sonido, el silbido del viento y los problemas de Marcel con el ruso le impidieron entender nada. A pesar de la situación, y en un arranque de imprudencia, el francés decidió salir del tren para averiguar qué pasaba.

Al llegar a este punto del relato, yo le pregunté a Marcel si no habría sido mucho más sensato hablar con los soldados o con otros pasajeros en vez de salir al exterior. Él me dio la razón, pero se excusó diciendo que llevaba tanto tiempo ahí sentado que lo único que deseaba era salir de aquel tren. Añadió que la posibilidad de vivir la ventisca en primera persona lo terminó de convencer. Siendo yo también del sur de Europa, comprendo la estúpida atracción de Marcel por la nieve, pero dudo que hubiera arriesgado mi vida en una situación como aquella.

Decidido a salir al exterior, el francés se abrigó ante la mirada incrédula de los dos soldados. Antes de abrir la puerta que daba al pasillo, uno de los militares lo agarró del brazo y le gritó algo que debía sonar a advertencia. Al liberarse Marcel con un gesto brusco, el otro lo insultó y se tocó la sien con el dedo índice repetidas veces como queriéndole decir que estaba loco.

Marcel sospechaba que otros intentarían también detenerlo antes de llegar al final del vagón. Sin embargo, el pasillo estaba vacío, y no había ningún revisor vigilando la salida. Cuando ya se disponía a abrir la puerta, Marcel dudó. El viento la hacía temblar con tal violencia que parecía que fuera a romperla en mil pedazos. Armado de valor, el francés giró el pomo y entró en un remolino de nieve.

El viento rugía con tal fuerza que nadie habría podido escuchar sus gritos de auxilio. Si hubiera tenido un atisbo de sentido común, Marcel habría dado media vuelta de inmediato. Sin embargo, su temeridad quiso otra cosa. El francés se apoyó en la chapa del tren con una mano mientras se protegía la cara con el brazo libre; y avanzó con determinación hacia la tenue luz que proyectaban los focos de la locomotora. De este modo descubrió que el causante del frenazo había sido un abeto caído en mitad de la vía. Los revisores estaban intentando apartar el árbol sin demasiado éxito, y el maquinista acababa de salir de la locomotora con una enorme hacha. Aunque ninguno de ellos advirtió su presencia, Marcel no pensaba quedarse allí viendo como partían el tronco a hachazos. Ya se encontraba a mitad de camino cuando un golpe de viento le hizo perder el equilibrio y se dio de bruces contra el suelo. Cuando se levantó, había dejado de sentir las orejas y la nariz, y tiritaba incontrolablemente, como si hubiera pasado mucho más tiempo en el suelo del que recordaba. Para su desesperación, de la luz de la locomotora ya sólo quedaba un recuerdo impreciso en su memoria. Envuelto en la oscuridad más absoluta, y preso de un terrible dolor de cabeza, Marcel se arrastró a tientas hasta encontrar la vía. El tren, sin embargo, ya no estaba ahí.

Marcel pasó largos minutos caminando por la vía y gritando en vano. No sabía si el tren se encontraría más adelante o atrás, por lo que recorrió a ciegas metros y metros de raíl en ambas direcciones. Al fin, somnoliento y al borde de la congelación, el francés vislumbró el foco de la locomotora. La luz no estaba a la altura de la vía, sino perpendicular a ésta y más abajo, pero Marcel corrió hacia ella de todos modos. En esta ocasión el viento jugó a su favor, empujándole con violencia ladera abajo, cada vez más cerca del foco. Al fin llegó a los pies de lo que debía haber sido la locomotora, y descubrió que la luz provenía de un farolillo en la planta inferior de lo que parecía una cabaña de madera. A pesar de que las contraventanas estaban cerradas, Marcel pudo ver a través de las rendijas que el interior estaba iluminado. Desesperado, el francés se abalanzó hacia la puerta y la empujó con todas sus fuerzas.

Para su sorpresa, la puerta no ofreció resistencia alguna, y en un abrir y cerrar de ojos Marcel dejó la nieve, el viento y la oscuridad atrás. Casi como un milagro, en el interior de la cabaña Marcel encontró una taberna, con unas cuantas mesas viejas de madera y una larga barra de granito. En varias estanterías se acumulaban decenas de botellas y algunos botes de conservas. De las paredes colgaban varios farolillos de gas como el que había en el exterior y también un par de cuadros con escenas de caza ennegrecidos por el humo. Al fondo había una chimenea con varios leños ardiendo; y hacia allí se apresuró el francés nada más entrar. Sólo cuando empezó a recuperar el calor perdido advirtió que la tabernera y los clientes se habían agolpado a su alrededor. Marcel me describió la mujer como una mole de brazos enormes y piel aceitosa. Los clientes, cinco o seis, llevaban encima ropa de cazador. La tabernera le ofreció un vaso de te con licor y empezó a preguntarle cosas en ruso. Todos parecían desconfiados, y ansiosos por saber qué hacía un forastero como él ahí. Tras beber el vaso de te de un solo trago, y con la mente todavía nublada, Marcel se apresuró a contar su historia. Tardó minutos en darse cuenta que estaba hablando en francés y que nadie había entendido una sola palabra de lo que acababa de decir. Marcel intentó entonces explicar lo ocurrido en ruso, pero al ver que la incomprensión no desaparecía de las caras de los otros decidió sacar el billete de tren.

Nada más verlo, la tabernera se llevó la mano a la boca y los cazadores se miraron alarmados. Varios de ellos le preguntaron algo a gritos. Al principio no los comprendía, pero luego entendió que querían saber si el tren había parado allí. Cuando supieron que el convoy se había ido, todos se mostraron extrañamente aliviados. Alguien mencionó entonces el nombre de la siguiente estación; al parecer se ofrecía a llevarle hasta ahí al día siguiente. Otro señaló su frente y comentó algo a un tercero. Fue así como Marcel descubrió el chichón que tenía encima de una ceja.

De repente, la puerta de la taberna volvió a abrirse. De la oscuridad salió un hombre cuyo rostro Marcel me describió como la viva imagen del miedo. Iba vestido de cazador, como los otros, y llevaba una escopeta colgada a la espalda. El hombre mandó apagar las luces de inmediato y arrastró la mesa más robusta hasta a la puerta para bloquearla. «¡Están bajando por la montaña!», repitió luego en la lengua de los otros.

Alguien apagó los farolillos uno a uno mientras otros añadían sillas y mesas a la barricada de la puerta. Varios cazadores obligaron a Marcel a sentarse en el suelo entre insultos y la tabernera lo sujetó para impedir que se levantara de nuevo. El resto se sentó también en el suelo alrededor de la chimenea y comenzó entonces una acalorada discusión. «¡El chico dijo que el tren se había ido!», reprochó un cliente entre susurros; «os digo que hay un tren ahí fuera», aseguró el que cargaba con la escopeta; «no estamos seguros con él aquí», señaló la mujer. «Si lo echamos morirá», objetó el mayor de todos, convertido en el abogado improvisado de Marcel. La tabernera fue quien dictó la sentencia: «si no lo echamos moriremos todos». Entretanto, el viento parecía golpear la casa desde todas las direcciones, y su silbido se filtraba por la chimenea como una olla a presión a punto de estallar. Del exterior no tardaron en llegar los sonidos más extraños y horribles que Marcel había escuchado jamás. El francés distinguió el ruido de hierros retorciéndose y también gritos de socorro -algunos mucho más graves de lo normal y otros mucho más agudos-. También pudo oír con gran claridad pasos en el tejado, que empezaron a la altura de la puerta y se detuvieron al llegar a la chimenea. Tras contener la respiración durante unos segundos interminables, todos suspiraron de nuevo al escuchar como los pasos retomaban su camino y desaparecían.

Los cazadores y la tabernera interpretaron aquellos ruidos como una última advertencia. Varios de ellos se pusieron de pie y agarraron a Marcel por los brazos mientras otro lo apuntaba con su escopeta. Fue así como lo llevaron hasta la puerta trasera y, tras recorrer unos metros totalmente a oscuras, abrieron una segunda puerta y lo arrojaron a un suelo cubierto de paja. Marcel escuchó con impotencia como lo encerraban con llave. Tras lograr levantarse de nuevo, el francés golpeó la puerta con el puño varias veces, rogando entre sollozos que la abrieran de nuevo. Pronto supo que aquello no iba a ocurrir.

A pesar de que el frío era insoportable, advirtió que no lo habían arrojado al exterior. Palpó los limites de aquel mundo extraño e intuyó paredes de madera. Cerca de él escuchó el resoplar de un caballo. A tientas, se acercó hasta el animal y se tumbó a su lado para aprovechar el calor que desprendía. Aquello desató el pánico del caballo, el cual se levantó bruscamente de su lecho de paja y empezó a dar coces a ciegas. Marcel tuvo que resguardarse en el otro extremo del establo mientras el caballo luchaba por escapar de ahí. Entre relinchos y soplidos, el viajero pudo oír también gritos de auxilio desgarradores a pocos metros de allí, extraños pasos en la nieve y, de nuevo, algunos más en el tejado. Fue en aquel preciso momento cuando Marcel se acordó del teléfono móvil que llevaba encima. Apresuradamente, sacó el aparato del bolsillo interior del abrigo y comprobó que podía llamar al teléfono de emergencias. Según me contó, el frío era tal que le resultaba imposible flexionar los dedos, y marcar el número correcto le llevó varios intentos. Cuando al fin lo consiguió, al otro lado escuchó un mensaje grabado que le informaba de un problema en la línea. Él siguió intentando hablar con emergencias pero el resultado era siempre el mismo.

Abandonada toda esperanza, Marcel guardó el móvil, apretó los ojos y comenzó a rezar. Pasó así largas horas, rodeado de gritos, voces y susurros; aguantando el aliento cada vez que algunos de aquellos pasos extraños se acercaban peligrosamente al establo. En algún momento de la noche se escucharon dos o tres disparos de escopeta. Marcel luchó por mantenerse despierto, pero al final su cansancio pudo más que la voluntad y el miedo.

Cuando el francés volvió a abrir los ojos, la noche y la ventisca habían quedado atrás, y un sol radiante se colaba por las rendijas del establo donde los cazadores y la tabernera lo habían abandonado a su suerte. Su aliento formaba densas nubes de vapor, y Marcel había vuelto a perder la sensibilidad en las orejas, la nariz, y los pies. Peor aún, el francés descubrió con horror que se había quitado el guante de la mano derecha para marcar el teléfono de emergencias la noche anterior y se había dormido antes de ponérselo de nuevo. La luz de la mañana reveló una mano grotescamente quemada por el frío que Marcel se apresuró a cubrir. Al otro extremo del establo encontró el cuerpo sin vida del caballo.

Marcel se incorporó como pudo y golpeó la puerta de la taberna con su mano buena al tiempo que pedía auxilio. Nadie respondió tampoco esta vez. Por suerte, el portal que daba al exterior del establo no estaba cerrado con llave sino con una balda oxidada que no le costó demasiado levantar. Como cualquier persona que se hubiera encontrado en su misma situación, Marcel vaciló unos segundos antes de salir. Al fin y al cabo, las criaturas que lo habían acechado durante la noche podrían estar todavía cerca. Con más esfuerzo del que pensaba, el francés logró mover la puerta y descubrió que el establo estaba parcialmente sepultado bajo un metro de nieve.

La taberna no era la única construcción de ese lugar. Cuatro o cinco cabañas más componían aquella pequeña aldea rodeada de valles y montañas. En medio de un silencio inquietante, Marcel dio la vuelta la primera cabaña hasta encontrarse de nuevo frente a la fachada frontal. Algo había arrancado de cuajo las contraventanas de la taberna, y los cristales habían sido destrozados con violencia. Las mesas, la barra y el suelo del local estaban cubiertos de nieve, pero no había rastro de los cazadores o de la tabernera.

Las otras cabañas de la aldea parecían intactas. Marcel llamó varias veces a todas las puertas que encontró. Como imaginaba, no obtuvo respuesta. Cuando ya se dirigía a la última cabaña, escuchó a lo lejos un silbato familiar. Incrédulo pero desesperado, Marcel corrió tan rápido como pudo hasta llegar a las vías. Unos trescientos metros más adelante, el tren silbó por segunda vez. Con lágrimas en los ojos, el francés logró subir al último vagón justo en el momento en que el tren comenzaba a arrancar.

Marcel debería haber sentido una alegría infinita al dejar atrás aquel lugar de pesadilla: pero eran tantas las dudas y tan inexplicable el milagro que se adueño de él una profunda desconfianza. Al llegar a su camarote descubrió que su mochila y su saco de dormir seguían en su sitio; los dos soldados también. Sin embargo, el francés advirtió algo nuevo y turbador en la mirada de sus compañeros de camarote; una mirada que Marcel sólo alcanzo a describir como propia de alguien que ha perdido todo aquello que le hacía humano. Había también un pequeño detalle que en otras circunstancias le habría pasado desapercibido: las botas de ambos soldados ya no llevaban cordones. Intentando disimular el pánico, Marcel se levantó lentamente de su asiento. Los ojos de insecto de los militares lo acecharon hasta la puerta.

En el vagón restaurante, el francés se encontró con algunos pasajeros sentados en las mesas. Ninguno de ellos comía ni hablaba; se limitaban a permanecer estáticos en sus sillas con la mirada perdida en el infinito. Al espiar los zapatos y las botas de los comensales, Marcel descubrió que ninguno de ellos llevaba tampoco cordones. El francés no alcanzaba a entender la razón de aquel extraño detalle, pero no se lo pensó dos veces: se sentó en la primera silla que encontró, deshizo los lazos y se guardó los cordones en el bolsillo del abrigo con disimulo. En aquel momento entró en el vagón restaurante uno de los revisores. El hombre parecía caminar sin voluntad, y atravesó el vagón como un fantasma sin cambiar de expresión ni girar la cabeza. Marcel supo entonces que debía escapar de aquel tren como fuera.

Pulsar la palanca del freno de emergencia y huir en medio de la nada no habría sido sensato, de modo que sólo le quedaba esperar a la siguiente estación y confiar en su suerte. Marcel pasó casi ocho horas, muerto de sed y temeroso de moverse de su asiento en el vagón restaurante por si aquello levantaba sospechas. Era ya de noche cuando el tren comenzó a reducir la velocidad. Al ver que las primeras luces de casas cruzaban las ventanas del vagón, Marcel se puso de pie y se dirigió tan rápidamente como pudo hasta la puerta. Antes de que el tren parase por completo, el francés saltó al andén de aquella estación desconocida y echó a correr. Tan desesperado estaba, que no se detuvo hasta que le fallaron las fuerzas frente a un colmado, a varios kilómetros de la estación.

Cuando Marcel terminó de contarme su historia, le pregunté si se había puesto en contacto con la policía. Él asintió y me explicó que lo habían tomado por loco. Tampoco tuvo suerte en el hospital donde le trataron la mano. El médico le recetó antibióticos y luego le dio una nota con el número de un psiquiatra. «En cuanto llegue a Francia intentaré que me hagan caso», me aseguró Marcel mientras nos despedíamos. Lo cierto es que en aquel momento lo tomé por loco, y decidí proseguir mi viaje según lo planeado. Todavía hoy intento creer que toda aquella historia fue un delirio causado por algún desequilibrio mental, pero una semana y media más tarde ocurrió algo que me hizo dudar. Acababa de subir al viejo tren que debía llevarme a Novy Vorkur. En la tercera o la cuarta parada, se sentó frente a mí un hombre con una maleta gris y un abrigo de piel. Le di los buenos días, pero él se limitó a observarme con ojos vacíos. Fue entonces cuando decidí mirarle las botas y descubrí que no llevaba cordones. Antes de que el tren emprendiera de nuevo su marcha, me puse el abrigo, cogí la mochila y bajé del tren a toda prisa.

El cazador

Una vez conocimos a un tipo que se hacía llamar «el cazador». Llegó a finales de primavera y desapareció poco antes de que la niebla otoñal inundase nuestro querido pueblo. Tenía por costumbre deambular con una mochila y un cazamariposas que le sobresalía por encima del hombro, unas botas gastadas y sucias y un sombrero de peregrino todo roído. Parecía que estuviera siempre de viaje y había algo en su mirada que despertaba una implacable fascinación, así como un cierto sentimiento de desconfianza. Creemos que buscaba algo o a alguien, pero nunca nos lo dijo. Dentro de su mochila también escondía un arma que nunca sacaba, excepto la madrugada en la que borracho se le cayó al suelo al sacar una bufanda raída. Ninguno de nosotros supo jamás si la había utilizado, si contenía balas o si, por lo contrario, era sencillamente una arma de fogueo. Una noche, cuando ya no nos frecuentaba, desperté de una pesadilla en la que el cazador se volaba la tapa de los sesos con su pistola. Desde aquel momento, aunque era una teoría del todo infundada, tuve la certeza de que esa pistola la lleva encima por si un día, cansado de buscar, decidía acabar con todo.

Lo cierto es que nuestro «amigo» sabía liderar allá donde iba; tenía mano dura para los malos y una complacencia de santo para las malas acciones de los buenos. Con su ternura nos daba a entender que cualquiera que fueran nuestros pecados él ya los había cometido en el gran repertorio de fechorías y equivocaciones de su vida. Dependiendo del día y dependiendo de la cantidad de tiempo que pasaras con él su rostro se trasfiguraba. Había días en los que muchos de nosotros le temíamos. A mi, personalmente, me estremecía la rabia que brotaba de sus ojos y la violencia callada de sus movimientos ante injusticias anodinas, otros sin embargo, me resultaba un ser indefenso que despertaba una gran compasión. Respecto a mí, no llego a entender porque siempre tuve la impresión de que confiaba ciega y tranquilamente en mi destino. Yo, con mi poca experiencia de entonces, lo amaba, de verdad que lo amaba; pero aún a día de hoy dudo de que él encontrara algún momento en el que, satisfecho, se quisiera siquiera un poquito. El cazador.... él era así, ambiguo, a veces duro como la piedra y otros inconsistente como la niebla.

Con el paso de los años, ahora que soy mucho más viejo de lo que lo era él cuando le conocí, pienso que el cazador... -¡qué personaje fascinante se cruzó en mi vida!- ... pienso que... era un hueco, un vacío que corría angustiado por los recodos de la existencia en búsqueda de algo que no tenía nombre. Y visto así «el cazador» ya no me parece tan fascinante. Aunque mi admiración por él ha aumentado con el paso de los años, alimentada probablemente por una gran conmiseración, mantengo más recuerdos de sus gestos tristes y de su mirada de héroe agotado.

Pero otras veces, mientras deambulo pensando en él, me sorprende el reflejo de un hombre taciturno que camina ante un escaparate: un hombre menos altivo y orgulloso que el cazador, más sombrío y menos ingenuo; una sombra que se deforma con el juego de bruñidos de los espejos. Entonces pienso en él, pero de otro modo, y pienso en cómo me pensaran mis nietos, me yergo maquinalmente, mando hacia atrás los hombros y camino complacido recuperando la sonrisa de cazador que iluminaba las ambiciones de aquellos chiquillos de pueblo.

Una segunda tirada de dados

Faltaban apenas unos minutos para las cinco de la tarde del doce de febrero de 1990, y el aire de la terraza estaba cargado con el aroma de las flores y el salitre. En el horizonte, surcado de barcas de pesca, ya asomaban nubarrones de tormenta. Se palpó en el bolsillo del pantalón la nota que había escrito con trazo nervioso hacía veinte años. Luego decidió mirar por última vez el reloj de pulsera. Al ver la hora, no sintió ni un atisbo de desesperación o impotencia.

Había llegado doce meses antes en un hidroavión color turquesa que apenas llevaba pasajeros, con su equipaje reducido a una pequeña maleta de piel, ataviado con la camisa de lino y el sombrero panamá de rigor. Desde entonces vivía en una casa en la parte más septentrional del atolón; un pequeño barracón que antaño había formado parte del hospital insular y que todavía conservaba varias estanterías llenas de libros de medicina en holandés. Pasaba las tardes de tormenta en aquella vieja biblioteca, ojeando las ilustraciones de las enciclopedias de anatomía y escribiendo pensamientos en libretas de piel. Cuando el tiempo era más generoso, se trasladaba a la terraza del Café Internacional o paseaba por las calles coloridas de Friedrichburg y los caminos de la plantación. Los retazos de pasado colonial, la serenidad de las antípodas, la vida mecida entre cocoteros... Todo el conjunto coincidía casi a la perfección con el ideal que había proyectado tanto tiempo atrás. Sin embargo ese casi, esa indescriptible diferencia entre lo pensado y lo vivido, le producía una ligera insatisfacción que no lograba calmar ni en los momentos más felices.

El camarero de las tardes se acercó a su mesa y le preguntó, como siempre, si querría tomar algo más. Él le pidió un segundo café y se ofreció a pagar por adelantado. Acto seguido sacó de la cartera un billete de veinte marcos y le dijo que se quedara con el cambio. Al fin y al cabo, el trato que había recibido durante todo aquel tiempo bien merecía una propina generosa. Faltaban menos de un par de minutos para las cinco, y empezó a buscar con la mirada algún presagio de lo que estaba a punto de acontecer. Nada, absolutamente nada parecía fuera de lo normal. Al contrario, justamente ahora, cuando apenas le quedaban unos segundos, sentía que todo estaba en su sitio, que todo se ajustaba perfectamente a la vida que había querido. Sonrió. Un parpadeo más tarde volvía al mismo tiempo y lugar del que había escapado inexplicablemente veinte años atrás: en la moqueta de una habitación de hotel en Las Palmas con el vientre empapado en sangre, a las cinco de la madrugada de otro doce de febrero de 1990.