Se adentra en la más sucia de las tabernas de Fleischmarkt. Polvo en las botellas, polvo en las vigas, polvo en la ropa de los obreros que la abarrotan. Reconoce una cara familiar en la mesa que hay al final de las escaleras. Gottlieb lo saluda desde su púlpito de borracho: «¡Buenas noches señor pintor!». Él le corresponde con una mueca de hastío. Si hubiera honestidad en sus palabras se sentiría halagado, pero sabe que se está mofando. Gottlieb no toma en serio su arte. Nadie toma en serio su arte. Sortea los bebedores y encuentra un hueco en la barra. Espera la atención de Michaela mientras moldea las puntas enceradas de su bigote. Piensa ahora en las dos columnas de la Karlskirche y en su majestuoso pórtico. ¡Con qué asqueroso adjetivo la pareja de turistas ha ensuciado esta tarde la que él considera su mejor acuarela! El dolor se agudiza al recordar el abominable acento holandés del marido. Frunce el ceño. Nadie antes ha sido capaz de plasmar tan magistralmente la solidez de la estructura de la iglesia, la perfección de su planta. Sí, podría incluso decirse que la iglesia pintada es más maciza que su correlato de piedra. Sonríe por un segundo. Debería pintar otra Karlskirche, pero añadiendo esta vez a esos dos débiles mentales; cada uno colgado de lo más alto de cada columna. ¡Aquello sí que sería un cuadro pintoresco! Extasiado por el pensamiento, aprieta con fuerza las puntas del bigote. «El digestivo, ¿no?». Tras la niebla de tabaco intuye a Michaela, sus carnes parapetadas detrás de la barra. Se palpa la bolsa de monedas. «Sí, gracias». Michaela vierte el líquido negro del botellín en la jarra con una delicadeza impropia de aquel tugurio. Seguramente Judith Landsteiner habría sido capaz de apreciar aquella acuarela; en otro tiempo ella había sabido ver su talento. Lo asalta el recuerdo de su vientre tibio, maldice sus rizos, las largas mañanas en el suelo del estudio de Franz. Contempla ahora el cuerpo sugerido de Michaela y la maldice a ella también. Suspira. En las pruebas de acceso a la Academia de Bellas Artes del año pasado ninguno de aquellos viejos decrépitos reconoció su talento. Sin embargo... De repente ve por el rabillo del ojo como el aprendiz de impresor que tiene al lado ha levantado su jarra de cerveza: «¡por el emperador!». Muchos otros se suman entonces al brindis; lo hacen mecánicamente, sin que haya realmente convicción ni en el gesto ni en las palabras. Él imagina una trampilla en el techo de la taberna y al decrépito emperador sentado en el piso de arriba, manipulando hábilmente decenas de hilos de pescar. Un ligero movimiento de muñeca y todos los brazos se levantan al unísono. Autómatas, marionetas, autómatas... Se consuela pensando que el patriotismo austrohúngaro le trae sin cuidado y extravía su mirada en el fondo de la jarra. Michaela no sería tampoco capaz de apreciar su mejor acuarela. Vuelve a palparse las monedas. De todos modos la llevará al estudio esta noche. Acerca ahora la jarra a su boca; siente que su lengua estalla en centenares de burbujas. El jurado de las pruebas de acceso a la Academia de Bellas Artes no ha reconocido nunca su talento. Sin embargo, sabe que su técnica ha mejorado mucho en el último año. Tal vez debería volver a intentar entrar; ahora ya sabe exactamente lo que aquellos académicos miopes buscan en un cuadro. Fantasea. Una vez dentro de la academia ya no sería un mendigo que pinta, sería un estudiante. ¡Un estudiante! Entraría triunfante por la puerta de la taberna y Gottlieb lo llamaría «señor pintor», pero esta vez sin sorna, esta vez con admiración y temor. Ya convertido en profesor —la imaginación se desboca—, lograría convertir su estilo en canónico y pisaría con inmenso placer todas y cada una de las cucarachas vanguardistas que infestan el mundo del arte. Una vez coronado genio de la pintura —su rostro ahora se ensombrece—, ya no volvería a acosarlo la duda que lleva semanas persiguiéndole como un hedor inconcreto y que justamente ahora, justamente cuando está decidido a disiparla de una vez por todas vuelve con fuerza y en forma de una pregunta clara, corta y cruel: ¿y si realmente es un artista mediocre? No, no es posible; no puede estar tan equivocado en su criterio. Entre el barullo de la taberna cree distinguir una voz que grita su apellido, pero la ignora y sigue pensando en la posibilitad de volver a presentarse a las pruebas de acceso a la academia. Debería intentarlo una vez más. Su apellido es ahora más cercano; la voz se le antoja pútridamente familiar. Quizás esta vez el jurado sí entendería su genialidad. Schultz vuelve a llamarlo; siente su aliento etílico y el de sus compañeros vanguardistas cerca de la nuca. «¿Estás sordo o qué?». Él se gira al fin, dispuesto a enfrentarse a Schultz. Sin embargo, lo sacude un escalofrío de terror al ver a quién sujeta Schultz impúdicamente por la cintura. «¿Otra vez bebiendo digestivo para mujeres?». Judith Landsteiner sonríe cruelmente ante la ocurrencia de Schultz; los otros vanguardistas estallan en carcajadas. Él intenta no mirar a Judith Landsteiner, intenta no escuchar las palabras de Schultz, intenta pensar en las pruebas de acceso a la academia, en que debería... «¿Sabes por qué tus acuarelas no las compran ni los turistas, Hitler?». Schultz percibe que todo el mundo está expectante y deja que pasen unos segundos antes de responder: «porque no tienes ni idea de pintar, por eso».
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