Mi infancia es apenas un borrón de imágenes, pero de entre ellas sobresale el recuerdo de una noche que nunca llegué a vivir. De niño tenía la costumbre de mirar al techo de mi habitación hasta que me dormía, y en aquella ocasión no fue distinto. Sin embargo, cuando llevaba apenas un cuarto de hora esperando el sueño con los ojos abiertos, entró mi madre a darme los buenos días. Imposible, pensé, no debían ser ni las once de la noche. En mi obstinación, me negué a creer a mi madre hasta que subió la persiana y en un instante la habitación se llenó de la luz de la mañana. Durante meses me persiguió el insomnio, fruto del miedo a perder otra noche de manera inexplicable.
Cada vez que en mi mente aflora este recuerdo lo acompaña otro de algo que le sucedió a un hombre al que siempre llamaré el Turista, una tarde de domingo de hace poco más de dos años. Sólo sé escribir en cafeterías, y los domingos por la tarde no me queda más remedio que acudir a algún Coffee Blends porque los cafés tradicionales suelen estar cerrados. Aquella tarde había ido a uno de los cuatro o cinco que hay en el centro para intentar terminar un escrito que debía entregar al día siguiente. No tardé ni media hora en empezar a distraerme observando la clientela.
Cuando me fijé por primera vez en el Turista se acababa de levantar de su mesa y salía con aire decidido hacia la calle. Debía tener cerca de sesenta años y llevaba encima una de esas riñoneras para guardar la cartera y los documentos. Una vez fuera, estuvo mirando a ambos lados de la calle hasta que algo lo llevó a entrar de nuevo en el café. Pensé que se habría dejado algo dentro, pero lo que hizo fue ponerse a hablar con una chica que había en una mesa cercana a la puerta. Ante la cara de incomprensión de ella, decidió probar suerte con un hombre vestido de ejecutivo que estaba sentado cerca de mi mesa. Pude escuchar entonces que el Turista hablaba en un francés pésimo, con fuerte acento castellano. El ejecutivo le contestó, en español, que no entendía lo que le estaba diciendo. Al escuchar aquellas palabras la cara del Turista se iluminó: «¡Gracias a Dios! Le decía que si sabe cómo se va al Hotel Manchó desde aquí». Tras intentar recordar durante unos segundos, el ejecutivo negó con la cabeza. «Bueno, de todos modos muchas gracias. Es que he venido andando desde ahí, pero ahora al salir no sé por dónde era. ¿Usted se conoce París?». Al ejecutivo, como a mí, aquella pregunta lo cogió desprevenido. «No he estado nunca en París». El Turista se enojó como si le hubieran tomado el pelo: «¡Para un español que me encuentro y tenía que ser un simpático!». Fue entonces cuando até los cabos sueltos y entendí lo que estaba sucediendo. Me imaginé al Turista dando tumbos durante media hora por el café preguntando lo mismo a cada cliente, así que decidí armarme de valor y romper el hechizo: «señor, usted no está en París, está en Barcelona». El Turista me miró con gesto torcido: «¿Cómo?». Lo reté: «pregúntelo a quien quiera». Su desconfianza lo llevó hasta la barra, donde preguntó a la chica y al chico que servían los cafés en qué ciudad se encontraban. «¿Barcelona?». El Turista se sacó un pañuelo de ropa de un bolsillo y se frotó la frente mientras buscaba una silla donde caer sentado. «No puede ser... no puede ser...». La chica le preguntó si se encontraba bien, si quería que llamaran a su mujer o a sus hijos. «Mi mujer... mi mujer... está en el hotel...». El chico llenó uno de los vasos de papel con agua del grifo y lo dejó en la mesa donde el Turista se acababa de sentar. «Beba un poco de agua» dijo ella con acento dulce. Tras mojarse los labios, el Turista procedió a contar su historia a la chica y a todos los curiosos que con mayor o menor disimulo escuchamos atentamente.
Del discurso entrecortado del Turista entendí que era de un pueblo cerca de Valladolid y que había ido de viaje a París con su mujer. No podía llamarla porque ninguno de los dos se había llevado su teléfono a Francia; esas cosas salían muy caras en el extranjero. Había dejado a su mujer en el hotel mientras salía a tomar un café. «No se encontraba bien... Tenía que haberme quedado con ella...». Exhibió con manos temblorosas un par de billetes del metro de París y una entrada de museo rasgada que sacó de la riñonera. «Esta misma cafetería, la misma... pero en París». La situación del Turista era más achacable a alguna demencia que a un prodigio de la física; sin embargo, me fascinó pensar que había cierta coherencia en su historia. Que existiera en París un café idéntico a aquél, por ejemplo, no resultaba tan descabellado. Al fin y al cabo, todos los Coffee Blends del mundo son exactamente iguales.
En la mesa grande, un grupo de jubiladas había estado escuchando con atención la historia del Turista. Una de ellas fue quien le insinuó lo que todo el mundo sospechaba: «¿Seguro que no estaba usted en Barcelona? Quizás se confunde... ¡A nuestra edad ya se sabe!». El Turista se tomó aquella insinuación como una grave ofensa: «¡Pero si no he estado en Barcelona en mi vida!». Creo que fue entonces cuando se puso a pensar en voz alta, a hablar de la enfermedad de su mujer y de la urgencia de volver a su lado. El ejecutivo interrumpió el soliloquio y propuso llamar al hotel de París; de este modo el Turista podría hablar con su mujer si de veras estaba alojada allí. Encontrar el número de teléfono por Internet llevó tiempo, en gran parte debido a que primero había que descifrar el verdadero nombre del hotel. La portavoz del grupo de jubiladas, quien se jactaba de dominar el francés, fue la encargada de llevar a cabo la tarea hermenéutica. Así, el «Hotel Manchó» pasó a llamarse Hôtel Manchot y finalmente Hôtel Manchaud. Cuando descolgaron el teléfono, el Turista intentó preguntar por su esposa al recepcionista, pero el temblor de su voz y su nefasto francés amenazaban con hacer imposible la comunicación. Temerosa de que el Turista mandara al traste todo aquel esfuerzo, la portavoz de las jubiladas se ofreció para mediar. Contra todo pronóstico, su intervención sólo empeoró las cosas: pronto entabló con el recepcionista del hotel una acalorada discusión que terminó bruscamente cuando éste la colgó. «¡Es vergonzoso!». La mujer devolvió el teléfono al ejecutivo con gesto altivo: «¡No quieren dar datos de los huéspedes por teléfono!». El rostro del turista se desdibujó en una mueca de absoluto desconsuelo.
La última vez que vi al Turista salía cabizbajo por la puerta del Coffee Blends, escortado por la mesa de jubiladas al completo. La camarera había resuelto que lo mejor que el hombre podía hacer era acudir a la policía; tras convencerlo, el grupo de jubiladas se había ofrecido a acompañarlo. Sobre lo que ocurrió en comisaría no puedo más que especular. Tal vez esta historia terminara con el gesto de perplejidad de la policía al escuchar hablar a la mujer del Turista desde su habitación de París, al oírla decir que su marido no podía estar en Barcelona, que había salido del hotel dos horas antes para tomar un café. Lo más probable, sin embargo, es que una vez en comisaría descubrieran que el viaje a París había tenido lugar tiempo atrás, y que la mujer del Turista o algún familiar suyo llevaba toda la tarde buscándolo desesperadamente por Barcelona. De todos modos, la segunda posibilidad no sería menos inquietante que la primera. Quizás, del mismo modo que una noche entera de mi infancia transcurrió en un sólo parpadeo, para el Turista el instante del Coffee Blends de París se había encadenado con el del Coffee Blends de Barcelona en un salto de meses o quizás años. Para viajar en el tiempo, y éste es un pensamiento que me persigue desde entonces, no son necesarios prodigios tecnológicos ni anomalías físicas: basta con la destrucción de un recuerdo.
Inquietant. M'agrada.
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