Como tantos otros, Gabriel había pasado sus años de juventud pensando primero que el mundo lo controlaban los políticos y luego que lo manejaban las multinacionales. En la entrevista de trabajo todavía arrastraba la resaca de arengas contestatarias que tanto lo habían embriagado en la universidad; sin embargo, para cuando le dieron el puesto ya se había convencido de que sus ideales no entraban en contradicción con el hecho de ser un empleado del IECE. Había imaginado su puesto de trabajo como una sala gigantesca llena de ordenadores, por lo que no pudo disimular su sorpresa cuando el subdirector de personal le enseñó aquel pequeño despacho y sus cuatro futuros compañeros de trabajo. No fue Claudia, sino David quien lo instruyó durante aquellas primeras semanas en las tareas que debía realizar. Todas ellas podían resumirse en una sola: introducir manualmente datos de encuestas en tablas de cálculo. Sabía que se encontraba en el último escalafón, que el suyo era un trabajo tedioso que nadie quería llevar a cabo. No obstante, y pese a que lo sucedido más tarde podría dar a entender justamente lo contrario, Gabriel no era una persona ambiciosa: se habría conformado con permanecer en aquel puesto tantos años como sus superiores hubieran creído preciso.
Durante los primeros meses Gabriel no intuyó nada. Le pareció natural el entusiasmo que sus compañeros mostraban al leer el periódico; restó importancia a los animados coloquios de los cuatro entorno a noticias que casi nadie habría considerado dignas de interés. En su desconocimiento, cuando Claudia le preguntó si le caía bien el ministro del interior él respondió con un desganado «no», sin apartar siquiera la mirada de la pantalla, tecleando cifras ajeno a la cadena de acontecimientos que acababa de iniciar. El día en que el ministro anunció su dimisión irrevocable, Gabriel encontró encima de su mesa un periódico con la noticia en portada. En el interior, un papel adhesivo verde de Claudia lo citaba en su casa después del trabajo. Recordaría siempre aquella noche en que descubrió que el destino del país, quizás también el del mundo, se decidía en un pequeño piso del barrio de los estudiantes.
Si podían manejar el gobierno a su antojo no era debido a un agujero en la democracia sino a que la democracia realmente se cumplía. En contra de lo que cualquiera habría podido suponer, aquello que más influía en las acciones de un gobierno temeroso de perder en las urnas no eran los intereses privados de los gobernantes, ni tampoco los de las compañías que éstos representaban, sino la opinión pública.
—¿Y quién es la opinión pública? —preguntó oportunamente Claudia a Gabriel. Tal como habían ensayado, David no esperó a que el otro respondiera.
—Nosotros somos la opinión pública. Nosotros cinco.
Con aquella escueta aclaración se hacía oficial la decisión de incluir a Gabriel en la asamblea. Laura tomó entonces la palabra y se encargó de ahuyentar cualquier reticencia con una batería de argumentos bien aprendidos. Las encuestas, se apresuró a recordar, recogían la opinión de un segmento pequeño de la población cuya representatividad podría ser fácilmente cuestionada. Su cometido era, pues, revisar dichos resultados y modificarlos únicamente cuando los juzgaban erróneos. Para evitar el abuso de poder, cada modificación debía ser previamente discutida y aprobada por unanimidad en reuniones como la de aquella noche en casa de Claudia.
Los días que siguieron a la admisión de Gabriel en la asamblea fueron días de descubrimiento y aprendizaje. Abraham y Laura se turnaron para instruirlo en los sutiles mecanismos de la manipulación de datos. Puesto que el contenido de las encuestas lo dictaba el gobierno, era posible descifrar qué decisión política dependía de cada una de ellas, siempre que se contara con los conocimientos adecuados. Para evitar riesgos innecesarios se descartaban las encuestas cuya relevancia era más explícita, así como las más susceptibles de ser publicadas por los medios. Al fin y al cabo, los años de experiencia demostraban que las encuestas sin importancia aparente eran las que más influencia ejercían en las decisiones del gobierno. Una encuesta tediosa acerca del sabor del agua del grifo de la capital era capaz de decantar la balanza hacia una esperada modificación del plan hidrológico nacional; tres encuestas sobre hábitos diarios habían terminado provocando la dimisión forzada del ministro del interior. Todo aquello fascinó tanto a Gabriel que pronto se convirtió en el más políticamente activo de los cinco. Los trayectos en autobús se llenaron de libros de teoría política, los fines de semana se envolvieron en artículos de analistas internacionales. El posicionamiento político de Gabriel iba poco a poco revelándose como más radical que el de sus compañeros, pero sus excelentes dotes de orador lograron que saliera vencedor en muchos de los debates. Con el tiempo, cuando empezó a prolongar las noches de reunión en la cama de Claudia, trasladó allí también la contienda política. Sin que los otros sospecharan nada, bajo las sábanas se forjó una alianza que ninguno de los dos llegó a explicitar pero que se traduciría en una posición unitaria en las reuniones.
Con la influencia de Claudia, Gabriel logró que se aprobaran modificaciones de encuestas que de otro modo no habrían superado la criba del voto unánime. Podría incluso decirse que, al menos durante un tiempo, la asamblea estuvo completamente bajo su control. Sin embargo, reunión tras reunión fue gestándose un descontento silencioso que terminó por hacerse evidente la noche en que Claudia decidió que no apoyaría la inminente propuesta de reforma educativa de Gabriel. La fuerte discusión de aquella madrugada terminó con un sonoro portazo que sentenciaba el final de la alianza. A partir de entonces, Gabriel dejó de tener un papel tan activo en las reuniones. No obstante, y pese a los temores de Claudia, siguió manteniendo con ella una relación aparentemente cordial y no boicoteó ni una sola de sus propuestas.
Meses más tarde estalló una crisis internacional que cogió a muchos por sorpresa. Tras el ataque a la flotilla pesquera, el primer ministro del país vecino no había dudado en disculparse y en calificar el incidente de trágico error, por lo que la réplica extremadamente beligerante de su homólogo parecía fuera de lugar. En una asamblea de urgencia, David propuso tomar las medidas necesarias para moderar la respuesta del gobierno y alejar así el peligro de un conflicto. Todos, Gabriel incluido, estuvieron de acuerdo con la propuesta de David, y aquella misma noche trazaron la estrategia que deberían seguir. Las modificaciones de encuestas aumentaron exponencialmente a partir de entonces, pero no lograron frenar la escalada de tensión entre ambos países. Muy al contrario, la posición del gobierno se hacía más radical con cada nueva declaración de sus portavoces. Como última medida, se acordó modificar una de las encuestas que los medios consideraban más influyentes, aún a sabiendas del riesgo que aquello suponía. Contra todo pronóstico, pocas semanas más tarde el gobierno movilizó al ejército. Claudia consideró aquello un terrible acto de irresponsabilidad política, la prueba irrefutable de la sordera de sus gobernantes. Para cuando empezó a sospechar de Gabriel, ya caían las primeras bombas.
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