Jardín de las Tullerías

Cuando los primeros implantes retinales de alta definición empezaron a comercializarse, su lanzamiento fue acogido con gran entusiasmo. Al fin y al cabo, se trataba de un paso natural y necesario. Tras años de mejoras constantes en el campo de la tecnología audiovisual, los fabricantes habían llegado al temido punto muerto: el ojo humano era incapaz de percibir más detalle del que las pantallas de última generación ofrecían. Una multinacional china, que había estado al borde de la bancarrota por el fiasco de las lentillas de realidad aumentada, dio al fin con la solución: si las pantallas no podían mejorar, le tocaba el turno a nuestros ojos.

Ya algunos analistas habían aventurado que el avance no sólo beneficiaría a los fabricantes de pantallas y a las productoras de contenido; las compañías de viaje también harían su agosto vendiendo paquetes turísticos a clientes deseosos de ver el mundo con nuevos ojos. El tiempo demostró que sus predicciones no iban desencaminadas. Igual que muchas otras parejas, cuando Luis y Diana entraron en la clínica ya tenían en casa las maletas listas para el viaje a París del día siguiente. Ambos firmaron la autorización de la intervención tras leer religiosamente la letra pequeña: test de incompatibilidad previo, irreversibilidad del implante, posible lagrimeo en los ojos durante los primeros días. Cuando los llamaron para acudir a su respectiva sala de operaciones se despidieron con un «hasta luego» nervioso.

Diana debió decírselo cuando volvieron a verse de nuevo tras la intervención. En su lugar, fingió el mismo júbilo de Luis a pesar de que ella seguía viendo el mundo exactamente igual que antes. Esbozó una sonrisa cuando su marido leyó con entusiasmo los minúsculos carteles que asomaban al final de la avenida; le dio la razón cuando él redescubrió la suciedad del piso. «Llamaré a la señora Antonia para que se pase a limpiar, le dejaré la llave a los Ortiz». A la mañana siguiente, Luis se pasó todo el viaje de tren pegado a la ventana. Mientras dirigía la orquesta de sus auriculares con el dedo índice, acariciaba con la mirada los matices de las nubes, las siluetas de aves en las alturas, el detalle de pueblos lejanos que nunca antes habría tenido interés en visitar. Diana, cansada de fingir entusiasmo ante el paisaje, decidió ver una película antigua en la minúscula pantalla del asiento. La belleza de Ingrid Bergman le trajo a la memoria el comentario pedante de su marido en una cena con amigos celebrada unas semanas antes: «si la gente consideraba aquellos actores y actrices casi dioses no era por el tamaño descomunal de las pantallas de cine donde se proyectaban sus filmes, sino precisamente porque la resolución de las películas era tan mala que cada uno rellenaba la falta de detalle de sus rostros con lo que ellos consideraban la perfección».

Apenas permanecieron en el hotel el tiempo suficiente para dejar las maletas. Luis quería devorar París con los ojos, revisitar todas las postales y añadirles el detalle que merecían. Antes de caer el sol, sin embargo, sus ánimos sufrieron un duro golpe. Un pensamiento incómodo había empezado a acosarlo en el Louvre y se había agravado, más tarde, en el Jardín de las Tullerías. Las pinceladas de los grandes maestros ya no le parecían una tenue insinuación que realzaba lo sublime de la pieza, sino rudos borrones imposibles de obviar, esbozos propios de un impresionista sin talento. Incluso el trazo minúsculo de los maestros holandeses se le antojaba tan grueso e impreciso que, de haber visto aquellos cuadros por primera vez en su vida, los habría considerado indignos de ser expuestos en un museo. Tan contrariado quedó, que no se atrevió a buscar La Grande Odalisque por miedo a que su mundo se derrumbara. Necesitaba aire, un horizonte lo suficientemente lejano en el que descansar la vista, así que sugirió a Diana pasear por el Jardín de las Tullerías. Sin embargo, aquello sólo empeoró las cosas: por mucho que intentaba tranquilizarse contemplando el conjunto del paisaje, su atención quedaba continuamente atrapada en las nubes definidas de mosquitos, los matices blanquecinos del guano de los bancos y muchísimas otras imperfecciones, las cuales dañaban irreversiblemente la belleza que lo había hechizado quince años atrás. Diana, ajena a todas esas tribulaciones, contemplaba con ojos de satisfacción el paseo arbolado: «¿Verdad que es bonito?». Él asintió con la cabeza y fingió una sonrisa. Aquella noche en el hotel, lo primero que haría Luis cuando se metieran en la cama sería apagar la luz.

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