El primer cambio se produjo en su manera de pronunciar la ese. Él lo advirtió tan pronto entró en el edificio y dio al recepcionista los buenos días. Pese a ser muy parecida a su ese habitual, había en ella un matiz nuevo, un ligero silbido que la acercaba irremediablemente a la zeta. El recepcionista, condenado como estaba a la corrección y a las buenas maneras, le devolvió el saludo sin que su cara mostrara el mínimo atisbo de sorpresa. Él, por su parte, comprobó más tarde que no se había tratado de un error puntual de dicción. Todas las eses que pronunciaría aquella mañana y todas las que había de pronunciar en los días venideros llevarían ya adosado aquel ceceo. A pesar de lo evidente del cambio, nadie en la oficina le comentó entonces nada al respecto. Sus amigos, mucho menos discretos, empezaron a imitarlo a los pocos días; primero a sus espaldas, luego a plena luz del bar.
Unas semanas más tarde, durante la junta de directivos que había de aprobar el esperado recorte de plantilla, descubrió que sus vocales habían comenzado también a torcerse. La a tendía a convertirse en o, la u dejaba un regusto de i, la e salía de su boca más abierta de lo que cabía esperar. Los otros directivos no ocultaron su disgusto ante aquel acento que todos juzgaban grotesco, y un rumor cruel se extendió rápidamente por la sala de juntas. No había llegado ni a la mitad de su intervención cuando el presidente aprovechó la pausa entre dos frases para interrumpirlo y dar el turno de palabra al siguiente directivo. El bochorno que sintió en aquella reunión fue de tal magnitud que decidió tomarse el resto del día libre y encerrarse en la soledad de su casa. A partir de entonces, cada mañana al despertar pronunciaba alguna frase en voz alta para saber si su situación había empeorado.
Repudiado por los otros directivos desde aquella desafortunada intervención, le consolaba pensar que sus subordinados todavía le guardaban el respeto debido. Sin embargo, también ellos empezaron a menospreciarlo a partir del día en que olvidó por completo el modo subjuntivo. En aquella ocasión no descubrió el trágico cambio durante sus soliloquios de después de levantarse, sino ya en la oficina, al formular una orden. Su «necesito que me traes los albaranes» retumbó por toda la planta como una condena al aislamiento que todos y cada uno de sus subordinados firmó gozoso. Temiendo sufrir también la desaprobación de sus amigos, empezó a rehuir su compañía y a limitar la comunicación con ellos a escuetos mensajes de texto.
Conforme pasaba el tiempo, su vocabulario también sufrió los achaques de aquel extraño mal. Cada día perdía más y más palabras; primero las más complicadas y técnicas, luego algunas simples. Lo peor de todo no era que las olvidara; también dejaba de entenderlas en boca de los demás. Esto le ocasionó no pocos problemas en el trabajo, puesto que a menudo interpretaba mal las ordenes de arriba y formulaba mal las que dirigía a los de abajo. Del mismo modo, placeres habituales como eran la lectura o el cine se convirtieron en un suplicio debido al terrible esfuerzo que suponía para él comprender los textos y los diálogos. A pesar del profundo terror que había sentido siempre por los médicos, la gravedad de aquellos síntomas era tal que tomó al fin la decisión de acudir al hospital. Tras poner todo su empeño en explicar su mal a la neuróloga, ella decidió someterlo de inmediato a una serie de pruebas médicas. Sin embargo, para sorpresa de ambos, todos los resultados apuntaban a la más absoluta normalidad.
El día en que su a se convirtió definitivamente en una o, encontró en la mesa del despacho una carta. Ni siquiera se esforzó en intentar leerla porque conocía de sobras el color del sobre, idéntico a los otros muchos que él mismo había cerrado en los años que llevaba como directivo de aquella empresa. Cuando cruzó las oficinas con la mirada entelada y la temida caja de cartón, decenas de ojos curiosos lo siguieron en medio del más absoluto silencio. Al llegar al vestíbulo, se despidió del recepcionista con un «adiós» tan irreconocible que ni él ni nadie habría podido ya entenderlo.
M'ha agradat aquesta història sobre una situació absurda i mig surreal. És lleuger de llegir al mateix temps que aporta petites reflexions sobre el llenguatge i la importància d'aquest, no només per un mateix sinó per la baixada inmediata d'estatus que suposa no dominar-lo. Molt original! (perdona si he sonat a profe cutre de literatura xD)
ResponderEliminarDeconstrucció verbal. Nice!!
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