Causas ajenas

En el vagón reinaba el silencio triste de los primeros trenes de la mañana, roto cada pocos minutos por el aviso de la siguiente estación y la señal que precedía al cierre de puertas. Los fallos mecánicos y técnicos eran de sobras conocidos por los sufridos usuarios de aquella línea, así que nadie se sorprendió cuando la voz grabada anunció la misma estación por segunda vez consecutiva. Seguro del error, un hombre vestido de cartero se levantó del asiento y se dirigió a una de las puertas. Sin embargo, el tren se detuvo en el mismo andén solitario y mal iluminado que él creía haber dejado atrás unos minutos antes. Todavía confuso, el cartero decidió entonces aguardar estoicamente una parada más. Para su asombro, pocos minutos después el tren volvía a entrar en la misma estación de antes por tercera vez consecutiva. Se cruzaron entonces algunas miradas de nerviosismo entre los pasajeros, y alguien lanzó un suspiro al fondo del vagón. Ya con un pie en el andén, el hombre se excusó ante quienes lo miraban con una mezcla de extrañeza y compasión:

—De todos modos iba a bajarme en Palacios. Tampoco queda tan lejos...

Las esperanzas de los pasajeros de llegar a su destino fueron desvaneciéndose con el tiempo. El tren se detenía siempre en la misma estación, siempre en el mismo andén desierto y de luces tenues. Tras la primera deserción, otras muchas fueron sucediéndose. Parada tras parada, del vagón iban bajando nuevas excusas, algunas pronunciadas a viva voz, otras solamente pensadas. Desde su asiento, una universitaria rechazaba la rendición y abrazaba con miedo su carpeta mientras despedía los rostros anónimos que no volvería a ver jamás.

La incredulidad fue dando paso a una desesperación silenciosa, demasiado cercana a la resignación. Aunque a muchos se les hizo un nudo en la garganta, nadie dijo nada cuando una madre se levantó y llevó a rastras a su hija pequeña hasta la puerta. La niña pataleaba y pedía a gritos no bajar, pero la mujer ya había tomado la decisión. En cuanto se abrieron las puertas, la hija se agarró a la barandilla y lanzó un grito de agonía mientras la madre trataba de sacarla a la fuerza del vagón. Al fin, las manos de la hija cedieron y ambas bajaron al andén. El sollozo de la niña quedó apagado por la señal acústica del cierre de puertas, tan prolongada que quienes todavía resistían en el tren la interpretaron como una invitación a abandonar.

Hubo, es cierto, contados amagos de rebelión. Un chico, que llevaba varias paradas con la mirada fija en la palanca del freno de emergencia, se levantó al fin de su asiento y la sujetó con la mano cuando se encontraban todavía en medio del túnel. Sin embargo, nunca llegó a accionarla; en vez de eso se apeó del tren en cuanto éste volvió de nuevo a la estación. La universitaria lo siguió con la mirada mientras él echaba a andar por el andén con la rabia contenida de quien ha sufrido la última derrota. Más tarde, alguien en el vagón de cabeza llamó con puño airado a la puerta del conductor. Tras pocos intentos, terminó desistiendo.

A pesar de algunos juramentos y llamadas a la resistencia, no pasaron muchas horas hasta que en el tren sólo quedaron dos personas: la universitaria y un hombre de mediana edad con aspecto de contable. Ambos se miraban con temor desde una distancia de varios asientos. Ninguno de los dos quería que el otro claudicara, por lo que cada ligero movimiento del cuerpo era interpretado por el otro como un terrible presagio. Tras varias decenas de paradas, fue finalmente el contable quien no pudo resistir más. Cogió su maletín y se levantó del asiento con lágrimas en los ojos. Ya se encontraba frente a la puerta cuando la chica reunió el valor suficiente para llamarlo: le suplicó que una vez en la estación no se fuera, que esperara en el andén hasta que pasara de nuevo el tren; si él seguía ahí cuando el tren volviera, ella también bajaría. El hombre asintió con la cabeza y se lo prometió. Lo vio por última vez a través del cristal, sentado en un banco de la estación con el maletín en la falda y la misma leve sonrisa que había esbozado antes de bajar del vagón.

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