Una vez conocimos a un tipo que se hacía llamar «el cazador». Llegó a finales de primavera y desapareció poco antes de que la niebla otoñal inundase nuestro querido pueblo. Tenía por costumbre deambular con una mochila y un cazamariposas que le sobresalía por encima del hombro, unas botas gastadas y sucias y un sombrero de peregrino todo roído. Parecía que estuviera siempre de viaje y había algo en su mirada que despertaba una implacable fascinación, así como un cierto sentimiento de desconfianza. Creemos que buscaba algo o a alguien, pero nunca nos lo dijo. Dentro de su mochila también escondía un arma que nunca sacaba, excepto la madrugada en la que borracho se le cayó al suelo al sacar una bufanda raída. Ninguno de nosotros supo jamás si la había utilizado, si contenía balas o si, por lo contrario, era sencillamente una arma de fogueo. Una noche, cuando ya no nos frecuentaba, desperté de una pesadilla en la que el cazador se volaba la tapa de los sesos con su pistola. Desde aquel momento, aunque era una teoría del todo infundada, tuve la certeza de que esa pistola la lleva encima por si un día, cansado de buscar, decidía acabar con todo.
Lo cierto es que nuestro «amigo» sabía liderar allá donde iba; tenía mano dura para los malos y una complacencia de santo para las malas acciones de los buenos. Con su ternura nos daba a entender que cualquiera que fueran nuestros pecados él ya los había cometido en el gran repertorio de fechorías y equivocaciones de su vida. Dependiendo del día y dependiendo de la cantidad de tiempo que pasaras con él su rostro se trasfiguraba. Había días en los que muchos de nosotros le temíamos. A mi, personalmente, me estremecía la rabia que brotaba de sus ojos y la violencia callada de sus movimientos ante injusticias anodinas, otros sin embargo, me resultaba un ser indefenso que despertaba una gran compasión. Respecto a mí, no llego a entender porque siempre tuve la impresión de que confiaba ciega y tranquilamente en mi destino. Yo, con mi poca experiencia de entonces, lo amaba, de verdad que lo amaba; pero aún a día de hoy dudo de que él encontrara algún momento en el que, satisfecho, se quisiera siquiera un poquito. El cazador.... él era así, ambiguo, a veces duro como la piedra y otros inconsistente como la niebla.
Con el paso de los años, ahora que soy mucho más viejo de lo que lo era él cuando le conocí, pienso que el cazador... -¡qué personaje fascinante se cruzó en mi vida!- ... pienso que... era un hueco, un vacío que corría angustiado por los recodos de la existencia en búsqueda de algo que no tenía nombre. Y visto así «el cazador» ya no me parece tan fascinante. Aunque mi admiración por él ha aumentado con el paso de los años, alimentada probablemente por una gran conmiseración, mantengo más recuerdos de sus gestos tristes y de su mirada de héroe agotado.
Pero otras veces, mientras deambulo pensando en él, me sorprende el reflejo de un hombre taciturno que camina ante un escaparate: un hombre menos altivo y orgulloso que el cazador, más sombrío y menos ingenuo; una sombra que se deforma con el juego de bruñidos de los espejos. Entonces pienso en él, pero de otro modo, y pienso en cómo me pensaran mis nietos, me yergo maquinalmente, mando hacia atrás los hombros y camino complacido recuperando la sonrisa de cazador que iluminaba las ambiciones de aquellos chiquillos de pueblo.
hola
ResponderEliminarquiero invitarte a que conozcas el proyecto de instan-tés y si te interesa invitarte a participar.
un saludo
ana
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