Faltaban apenas unos minutos para las cinco de la tarde del doce de febrero de 1990, y el aire de la terraza estaba cargado con el aroma de las flores y el salitre. En el horizonte, surcado de barcas de pesca, ya asomaban nubarrones de tormenta. Se palpó en el bolsillo del pantalón la nota que había escrito con trazo nervioso hacía veinte años. Luego decidió mirar por última vez el reloj de pulsera. Al ver la hora, no sintió ni un atisbo de desesperación o impotencia.
Había llegado doce meses antes en un hidroavión color turquesa que apenas llevaba pasajeros, con su equipaje reducido a una pequeña maleta de piel, ataviado con la camisa de lino y el sombrero panamá de rigor. Desde entonces vivía en una casa en la parte más septentrional del atolón; un pequeño barracón que antaño había formado parte del hospital insular y que todavía conservaba varias estanterías llenas de libros de medicina en holandés. Pasaba las tardes de tormenta en aquella vieja biblioteca, ojeando las ilustraciones de las enciclopedias de anatomía y escribiendo pensamientos en libretas de piel. Cuando el tiempo era más generoso, se trasladaba a la terraza del Café Internacional o paseaba por las calles coloridas de Friedrichburg y los caminos de la plantación. Los retazos de pasado colonial, la serenidad de las antípodas, la vida mecida entre cocoteros... Todo el conjunto coincidía casi a la perfección con el ideal que había proyectado tanto tiempo atrás. Sin embargo ese casi, esa indescriptible diferencia entre lo pensado y lo vivido, le producía una ligera insatisfacción que no lograba calmar ni en los momentos más felices.
El camarero de las tardes se acercó a su mesa y le preguntó, como siempre, si querría tomar algo más. Él le pidió un segundo café y se ofreció a pagar por adelantado. Acto seguido sacó de la cartera un billete de veinte marcos y le dijo que se quedara con el cambio. Al fin y al cabo, el trato que había recibido durante todo aquel tiempo bien merecía una propina generosa. Faltaban menos de un par de minutos para las cinco, y empezó a buscar con la mirada algún presagio de lo que estaba a punto de acontecer. Nada, absolutamente nada parecía fuera de lo normal. Al contrario, justamente ahora, cuando apenas le quedaban unos segundos, sentía que todo estaba en su sitio, que todo se ajustaba perfectamente a la vida que había querido. Sonrió. Un parpadeo más tarde volvía al mismo tiempo y lugar del que había escapado inexplicablemente veinte años atrás: en la moqueta de una habitación de hotel en Las Palmas con el vientre empapado en sangre, a las cinco de la madrugada de otro doce de febrero de 1990.
Em fa gràcia que hagis triat el 12 de febrer, és una data especial per a mi.
ResponderEliminarCom a curiositat:
"La Unesco lanza la Declaración de Asuán para la reconstrucción de la Biblioteca de Alejandría" - El Pais, 12.02.1990
I en l'edicó del día següent (on sortiria la historia que avui ens presentes):
"100.000 jóvenes europeos discuten en Bruselas sobre la movilidad estudiantil" - El Pais, 13.02.1990