Naranja

[Las mujeres bellas, a veces, son como los países pobres. Hay gente que las ama y otra que las posee, y en su objeto está el mérito del hombre]

Ella siempre había sido bonita. Los niños la miraban de reojo, mientras llenaban sus cuadernos de corazones irregulares y anaranjados con iniciales infantiles. Poseía por ese entonces una belleza clásica, una pureza de mármol blanco agregada a una timidez extrema. Los más jóvenes intuyeron que las estatuas no hablan y por eso su falta de voz se convirtió rápidamente en una de sus virtudes. Los pocos elegidos que la oían hablar creían no necesitar nada más en este mundo, sólo una palabra les servía para mantenerla en su imaginación. Los vecinos del barrio hacían cola para ver al mito, se adentraban en la escuela como si fueran sus estudiantes, anhelando un encuentro con la musa sin nombre. Los años pasaron y la fe siguió creciendo, envolviéndola en una burbuja de aislamiento etéreo que sobrevolaba los pupitres del bachillerato, repartiendo erotismo a las mentes más audaces. Las miradas bajaron un escalón celestial y la llevaron a la tierra, a la carnalidad del tacto corpóreo, a la posesión de su objeto físico. Las peleas no tardaron en llegar y con ello los odios, las malas miradas y los rencores que avivan al corazón más débil. Sus candidatos se peleaban para sus atenciones, con una inercia más física que poética, con un deseo más allá de la atención y de su libertad. Aparecieron entonces intelectuales universitarios y jóvenes profesores en busca de protagonismo, como si sus corazones rotos encontraran en la belleza un motivo para luchar. Con medidas dosis de argumentos, hilaron telarañas elásticas y opacas, texturas que la rodeaban hasta cubrirle la cabeza con una manta invisible de palabras inconexas. Tapada con esa red siguió Ella sus labores de la casa, su cocina de especies y sus lejías de media tarde, el té de piñones para el abuelo y las cartas de admiradores para la tarde. Las flores llenaban el jardín de la casa, los bombones el primer estante de la cocina, el licor el mueble del salón. De tanto levitar sus piernas ya no funcionaban como antes, las arterias se hinchaban bajo su piel perfectamente lisa, ennegreciendo su movilidad con oscuras rayas de tiempo, que consiguió tapar con fragmentos de cartas blancas. La cara empezó a arrugársele súbitamente, sin pedir permiso, borrando poco a poco las atenciones de antaño. Decidió tapársela con un pañuelo, dejando dos agujeros para resaltar sus ojos miopes, que salían al balcón esperando ser alabados por los desconocidos transeúntes.

Se dio cuenta un martes, mientras salía religiosamente a comprar las naranjas, que los tenderos ya no la reconocían, no le regalaban fresas salvajes ni melocotones silvestres. Sola en el comedor, esperando que alguien llamara al timbre, pasaba las tardes barriendo el polvo del suelo, quitando el olvido a los licores del salón, comprando flores de plástico para el jardín. Utilizaba lápices naranja para dibujar corazones irregulares en la pared, y no tardó en llenar la casa de enormes pintadas idénticas, de arterias y venas y corazones en forma de nuez. Cuando las fuerzas le impidieron subir al segundo piso, decidió quedarse a dormir en el sofá de la entrada, dónde pasaba largas horas observando el techo blanco, esperando que la mañana llevara a la tarde y ésta a la noche, que el día fuera rápido e indescriptible. Una tarde de mayo, pese el calor que venía de la calle, volvió a cubrirse el cuerpo con una manta negra, sólo dos agujeros en los ojos, y se echó en la cama presintiendo que un hombre vendría a verla. Cuando el doctor llegó a la casa, tarde porque había ido a almorzar antes, su cuerpo esquelético y flácido había dejado de respirar y un silencio metálico reinaba en el comedor. El doctor le cerró los ojos aún abiertos y se dispuso a escribir la ficha de la paciente, pero se dio cuenta de que le faltaba un dato básico. Pese a todos los esfuerzos que hizo durante esa semana, nadie en el barrio supo decirle el nombre de la anciana.

2 comentarios:

  1. Esto con la prohibición del velo integral no pasaría...

    ResponderEliminar
  2. La imagen de las cartas me parece muy bella

    ResponderEliminar