En Japón, hay dos verdugos para cada ejecución. Ambos pulsan sendos botones, en apariencia idénticos, si bien sólo uno de los dos será el que active el mecanismo que terminará con la vida del reo. Dado que los verdugos no saben cuál es el botón que ha matado al condenado, el peso de la culpa queda reducido a la mitad; uno de los dos verdugos ha sido el brazo ejecutor, pero la incertidumbre de ese cincuenta por ciento permite que ambos duerman tranquilos. En el caso de los pelotones de fusilamiento, el mayor número de verdugos hace mayor la incertidumbre, y la culpa queda más repartida si cabe. Mi abuelo había tomado parte una vez en un fusilamiento, durante la guerra. Siempre nos contaba que lo único que le consolaba, tantos años más tarde, era pensar que su bala quizás había dado en el muro o en alguna parte no vital del condenado. A veces me pregunto si aquel pensamiento no era compartido por todos sus compañeros de pelotón, si la culpa no había quedado definitivamente borrada gracias a la posibilidad del tiro errado. Mi abuela, cansada de escuchar la misma anécdota una y otra vez, solía dar réplica a mi abuelo con un terrón de sabiduría popular: «entre todos lo mataron y él solito se murió». Pienso en todo esto mientras miro la silla vacía de Jiménez y su cubículo gris, todavía más gris que los otros, porque Jiménez nunca llegó a colgar ninguna fotografía en el biombo. Miro la silla y el cubículo, y tengo todavía presentes las palabras vacías del de recursos humanos, sus brazos corporativos abiertos, su afabilidad de nómina. Escucho las voces de Galván y de Ponce, que ya no hablan de Jiménez, al menos no en la oficina.
Quizás fuera debido a su carácter inseguro y balbuceante, o a su aspecto raquítico, o a su piel de enfermo. El caso es que todos en la oficina habíamos llegado a odiar a Jiménez sin saber muy bien porqué, pero siempre nos habíamos limitado a ignorarlo; hasta que ocurrió lo de Galván. Poco importaban los pormenores ni la veracidad de aquel incidente: bastó el tono afectado con el que Galván nos contó lo ocurrido para que todos encontrásemos la excusa que hasta entonces habíamos ansiado en secreto y poder así empezar una guerra personal contra aquel infeliz.
No tardaron en caer las primeras bombas. Unos días después del comentario de Galván, cuando Jiménez llegó a la oficina encontró en su cubículo a García. No sólo eso: las fotografías, el material de oficina y todas las cosas de García estaban también allí. Cuando el infeliz lo increpó y le dijo que aquél era su puesto de trabajo, García fingió no saber de qué le estaba hablando. «Tu cubículo está ahí al fondo, como siempre». Fue entonces cuando Jiménez advirtió, sorprendido, que su lapicero y todas sus carpetas estaban en el cubículo que él atribuía a García. Al ser de carácter tan inseguro, y temiendo estar realmente equivocado, Jiménez fue preguntándonos a todos si era cierto lo que el otro decía. Puesto que no había nadie que no estuviera al corriente de la broma, y dado que todos aborrecíamos a Jiménez, uno a uno fuimos asegurando que su cubículo siempre había sido el del fondo. Al día siguiente, naturalmente, el cubículo de Jiménez volvería a estar en su lugar original y todo el mundo fingiría incomprensión ante sus inquisiciones nerviosas.
Aquella fue la primera de una interminable lista de bromas pesadas, de las cuales éramos todos cómplices. Recuerdo una especialmente cruel que a todo el mundo divirtió mucho. Jiménez tenía la extraña obsesión de escribirlo todo a lápiz, obsesión que Ponce aprovechó en su contra. Una noche, se llevó a casa la agenda telefónica de Jiménez y cambió muchos de los números de teléfono por otros al azar que encontró en un listín. El desgraciado de Jiménez se pasó toda la jornada siguiente disculpándose ante desconocidos, y terminó incluso avisando al técnico de la empresa para que resolviera lo que él consideraba un «cruce de líneas». Jiménez tardó días en recuperar los números de los clientes más importantes, y perdió un par por culpa de esa broma. Lo cierto es que poco después supimos que el jefe de sección lo había amonestado por su bajo rendimiento. Por supuesto, ni los clientes perdidos, ni la amonestación, ni el aspecto cada vez más miserable con el que Jiménez aparecía cada mañana por la oficina lograron hacer que las bromas cesaran; muy al contrario, si éstas no ocurrieron con mayor frecuencia fue más por falta de ideas que de voluntad. Yo mismo fui artífice de una de aquellas bromas tardías, aunque intento consolarme pensando que no fue de las que más hirieron a Jiménez, que fue otro el brazo ejecutor, que quizás el aspecto gris, sin fotografías, de su cubículo era el innegable reflejo de las carencias que terminaron por empujarlo a la vía aquella mañana.
Molt bo
ResponderEliminarNueva propuesta de titulación: "El problema de Jiménez es que tenía carencias"
ResponderEliminarsencillamente genial
ResponderEliminarEl principio lo mejor
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