Lejanía

Arrastraba los pies por el paseo que bordeaba el mar. Su andar era tan lento que cada paso parecía ir al compás del retumbar de las olas. Repartía su mirar errático entre el verde de las copas de las palmeras, el blanco tan luminoso de las casas y las prendas de todos los colores que ondeaban en sus balcones. Al oído gastado le llegaron palabras dulces desde uno de los bancos del paseo; su acento era tan extraño y al mismo tiempo tan atrayente... ¿Cómo podía aquella gente vivir ajena a la belleza del lugar, a su propia belleza? Él mismo conocía la respuesta: aquello era bello porque era lejano.

Mientras se regodeaba en sus reflexiones, pasó por delante de un puesto de helados. El tendero exhibía una sonrisa perpetua, y la música del transistor parecía impregnar todo de despreocupación y calidez. Él detuvo sus pies cansados por un instante y llenó los pulmones de brisa marina. Aquel rincón, se dijo a sí mismo, estaba a salvo de las penas del mundo. Quizás hechizado por el exotismo del lugar, quizás inducido por los pensamientos felices que venían a visitarlo aquella mañana, al fin él también sonrió.

Tras retomar su paseo, el calor del sol empezó a ser cada vez más acusado, y no tardó en llegar la sed. Buscó entonces otro puesto de helados en la lejanía pero sólo veía un horizonte ondulante de palmeras y casas, así que decidió dar media vuelta. Cuando, por fin, volvió al primer puesto de helados tras una caminata que le pareció eterna, el tendero seguía exhibiendo su sonrisa desmesurada. Los temblores de la edad habían convertido algo tan aparentemente sencillo como sacar el dinero de la cartera en un acto penoso y lento, así que se aseguró de llevarlo a cabo lejos de la mirada del tendero. Sediento como estaba, fue inimaginable su desolación al descubrir que la cartera estaba vacía salvo por un par de monedas de su país. Se despidió, derrotado, del surtido de helados y reemprendió la marcha. Se maldijo varias veces por dejar que su dicha se viera perturbada en tan gran medida por algo tan nimio, pero sólo podía pensar en encontrar alguna manera de saciar su sed. Fue entonces cuando, ya lejos del puesto de los helados, un hombre le pidió una moneda. Creyó reconocer su cara: los pómulos picados por la viruela, los ojos inyectados en sangre, el pelo encrespado; otro rostro casi idéntico le había pedido también una moneda en otras latitudes y en otro tiempo. Tras apartarlo con un gesto brusco y exigirle que lo dejara en paz, se intentó consolar pensando que todos los mendigos se parecen en su miseria, pero su ánimo ya había quedado irremediablemente turbado. La cara reconocible del hombre que le pedía dinero era algo fétidamente cercano en medio de un lugar cuyo encanto se asentaba, precisamente, en la lejanía. La sed quedó entonces eclipsada por la necesidad todavía más acuciante de asegurar que la exoticidad de aquel sitio no había quedado dañada por el encuentro con el mendigo. Escudriñó, angustiado, su alrededor en busca de imágenes que reafirmaran la anhelada lejanía. No obstante, cuanto más se esforzaba en encontrar elementos alejados de su cotidianidad, más vulgarmente familiar se le antojaba todo lo que veía. Los trajes y vestidos que alcanzaba a ver le resultaban idénticos a los menos elegantes de su país, los acentos que entreoía le parecían salidos de las bocas más deslenguadas. Aquello que hizo que se derrumbara por completo fue divisar en el horizonte algunos edificios de nueva construcción, idénticos a los de los barrios más grises de su ciudad. Desorientado, con el paladar seco y casi sin fuerzas, decidió que lo mejor que podía hacer era volver al hotel, y se adentró en uno de los callejones que desembocaban al paseo confiando en que el instinto supliría los agujeros de su memoria. Tras deambular penosamente durante cerca de media hora por el laberinto de callejuelas del barrio pesquero, creyó haber encontrado el camino correcto al reconocer un colmado. Al cruzar la esquina, sin embargo, en lugar del hotel encontró un edificio viejo y destartalado. La fachada estaba repleta de desconchaduras, el salitre había roído las barandillas y la madera de las ventanas casi había perdido por completo su pintura azul. Aquel edificio tenía algo siniestramente familiar; le parecía una caricatura ruinosa de la casa en la que había vivido los años de su juventud. Estaba a punto de echar a andar calle abajo cuando su hija le gritó desde el balcón.

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